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Presas del teatro

Las internas de Alcalá Meco forman la única compañía dramática del mundo donde las reclusas pueden viajar y actuar en escenarios convencionales. Nunca ha habido una fuga.

Y también lo es el grupo Teatro Yeses, la única compañía del mundo formada por reclusas que tiene permiso para hacer giras y mostrar sus representaciones teatrales fuera de la prisión. La mayoría de estas chicas está en la cárcel por delitos contra la propiedad o por narcotráfico. Arrastran problemas familiares y proceden de barrios deprimidos. Han llevado su vida al límite por circunstancias difíciles y carecen de capacidad de planificación. No les interesa reflexionar. O, al menos, así era antes.

«Acabamos aquí por no tener cabeza», resume una de ellas. Casi todas rondan la treintena y muchas proceden de otros países. Son susceptibles, desconfiadas y afirman no sentirse «dueñas» de sus vidas. Pero tienen «necesidad de afecto y de expresarse». Por eso, la interpretación las transforma. Pueden jugar a ser otra persona y olvidarse de sus canallas circunstancias durante unas horas. «Son capaces de sacar experiencias emocionales intensas. Y son personas de una categoría humana superior», sostienen quienes las ven esforzarse por meterse en la piel de un personaje.

El elenco de actrices

Cae el telón y se abren las rejas. El elenco de actrices es inmejorable. Nancy ha preparado el vestuario y ha disfrutado con los ensayos. Karina, «dotada de una sensibilidad natural», veterana en el grupo, aún siente los nervios del estreno. Eva Marta «tiene mucha gracia», aunque ella nunca imaginara que tenía capacidad para hacer reír a la gente. Verónica «cada vez le pone más voluntad» y Aurora, la pitufa, espera no quedarse en blanco «como aquel día…» Tamara es la joven de aspecto rudo que «canta como los ángeles». Leticia aporta «mucha creatividad y sabe improvisar». Las dos Anas –una, en prisión preventiva, y otra, de permiso– «son rápidas de reflejos» y Cristina, novata, dice que está deseando salir a escena. Más que Sonia, «que se la ve tenaz, pero peca de tímida». Son las integrantes de Teatro Yeses.

Elena Cánovas, funcionaria de prisiones y directora del grupo, las quiere a todas con locura. «Hacemos teatro libre. Eso hay que decirlo desde aquí dentro», comenta. Y le gusta burlarse y afirmar que la que tiene la condena es ella, «que llevo metida en esto veinte años», y no sus chicas. Cánovas confiaba en que «las cárceles debían convertirse en lugares de aprendizaje» y no paró hasta crear el taller de interpretación, que bautizó Teatro Yeses porque nacía en la antigua cárcel de Yeserías de Madrid. Pronto se apuntaron las primeras mujeres. Elegían la dramaturgia como forma de reinserción e hicieron que la magia del arte llegara hasta un lugar frío y desolador como es una prisión. Corría 1985.

Al principio, las reclusas sólo actuaban en centros penitenciarios. Viajaban esposadas y en furgones blindados, escoltadas por un séquito policial inquebrantable. Un día, la directora inscribió al grupo en un certamen organizado por la Unión General de Trabajadores (UGT) y resultaron seleccionadas. Se presentó así la ocasión de actuar en libertad y no la desaprovecharon. Y ahora que recorren media España, el despliegue es más modesto.

Los policías, de paisano, tienen orden de cortar el tráfico en las calles colindantes al teatro donde les corresponde actuar, pero están muy implicados con el grupo. Les ayudan a hacer los cambios de escena y las aplauden emocionados al final de cada función. Algunos se animan a veces y hacen de artistas por un día –el subdirector de Seguridad de la prisión hizo de Compay Segundo en una función–.

Ellas, las mujeres de Teatro Yeses, se comportan como auténticas profesionales. Sienten «la responsabilidad de tener que contentar a un público que ha comprado la entrada para vernos actuar». Y encaran cada gira y cada viaje como el regreso a la normalidad perdida.

De Resines a Loles León

Unas y otros hacen buenas migas con los actores profesionales que se unen esporádicamente al grupo: Antonio Resines, Paco Valladares, Pepe Bau, Juan Carlos Talavera, Rubén Cobos, Loles León, Ana Duato, Liberto Rabal, Juan y Medio, Juan Luis Galiardo, Antonia San Juan… «Esto convierte al grupo en una compañía de verdad, porque los papeles masculinos los hacen los hombres», comenta Elena Cánovas. Así las cosas, las chicas de Yeses dejaron hace tiempo de ponerse bigote.

El procedimiento es ya una rutina. Elena Cánovas les facilita los textos –propios o de autores teatrales– y ellas pasan horas estudiándolos en sus celdas, que prefieren llamar «habitaciones». Cada una la ha decorado a su gusto, incluso con cortinas en los pequeños ventanucos. Todas tienen televisión. Por la tarde se reúnen en el salón de actos de la penitenciaría y ensayan. «El teatro te aísla de los problemas», dice Karina, que lleva tres años en el taller.

Comenzaron con sainetes y enseguida pasaron a representar textos de Federico García Lorca, Eugène Ionesco, Fernando Arrabal… Han realizado una docena de espectáculos y han tenido «buenas y malas críticas, como debe ser». Con el guión Mal bajío, escrito por Elena Cánovas y varios colaboradores, Yeses logró el premio Calderón de la Barca de teatro en 1989. El texto fue seleccionado por el programa cultural europeo Caleidoscopio en representación de España. Luego fue traducido, publicado y la obra estrenada en Rumanía, Portugal, Francia y Bélgica.

El galardón les incentivó a elaborar sus propios guiones. Son textos duros cuajados de situaciones difíciles. Pero aún piensan ir más allá. «Queremos formar un grupo formal fuera de la prisión. Son muchas las chicas que, al salir, quieren seguir con la interpretación», avanza Cánovas.

En Berlín, sin policías

I. A. / MADRID

La primera obligación del preso es fugarse. ¿Seguro? En los veinte años de historia de Teatro Yeses, mil mujeres han pasado por la compañía, pero no se ha producido ni una sola huida. Aunque oportunidades, las han tenido.

Dentro de las actividades de la Unión Europea en los últimos años se han celebrado varias conferencias internacionales sobre teatro y cárcel en Manchester, Milán y Berlín. A ésta última acudió Teatro Yeses al completo, con la directora Elena Cánovas al frente. Era la primera vez que un Gobierno autorizaba la salida fuera del país de presos que están cumpliendo condena. Las mujeres actuaron en el teatro Volkbüne, con la única vigilancia de la directora del colectivo. Sin policías. Sin esposas en las muñecas. Sin furgones blindados. Ninguna intentó escaparse entonces. «Que no se le ocurra a nadie fugarse, porque no sabéis lo que nos ha costado llegar aquí», les advirtió Cánovas. Al contrario, aquella experiencia les unió todavía más.

En otra ocasión, durante un espectáculo, los policías se entusiasmaron con la representación y acabaron sentándose entre el público. Las puertas del teatro estaban abiertas y las ventanas a ras de suelo. La obra acabó con el elenco al completo.
Lo más parecido a una huida en toda regla la protagonizó una de las actrices, cuando disfrutaba de los tres días de permiso reglamentarios. «Era una chica colombiana, nunca volvió». Pero también a ella le quedó la morriña del teatro en el cuerpo, porque contactó con sus antiguas compañeras para desearles buena suerte el día de un estreno.

«Nos llamó por teléfono y nos dijo: ‘Me he enterado de que váis a actuar y quiero desearos mucha mierda a todas’», recuerdan. «Nos pusimos como locas. ‘¿Dónde estás?’, le preguntamos. ‘No os lo puedo decir’, dijo, antes de colgar».

ELENA CÁNOVAS / DIRECTORA DEL GRUPO

Sólo si el público nos toma en serio esto cobra sentido

Criminóloga de profesión, dice que «no queremos hacer terapia, sino actuar»

J. ÁLVAREZ / MADRID

Licenciada en Criminología, graduada en Interpretación y Dirección Escénica y funcionaria de prisiones. Llegó a una cárcel «llena de uniformes y llaves» donde era «continuamente amonestada» por su actitud cercana hacia las presas. Solicitó a la directora del centro que le dejase organizar una función de teatro con las internas y resultó todo un éxito.

–Se enfada cuando le dicen ‘qué labor tan bonita hace’.
–No queremos hacer terapia, sino teatro. La virtualidad reinsertadora es la consecuencia del teatro y la excusa administrativa para mantenerlo, pero no puede ser el objetivo, porque si no, esto no se consigue.

–¿Cuál es la aportación del teatro carcelario de Yeses?
–Hacemos teatro en serio, pero desprofesionalizado. Es decir, hay pocos prejuicios artísticos, ninguna mirada al beneficio económico, nada de divismos. Es, o puede ser, una fuente de creación dramática, tanto en la interpretación escénica de textos escritos como en la creación de guiones propios. Suscita interés social por el mundo carcelario y, por tanto, abre una vía nueva a la humanización de las penas de cárcel. Y creo que devuelve al teatro una cierta capacidad subversiva, ese punto rebelde en un mundo lleno de comportamientos gregarios. Pero, sólo si el público nos toma en serio, cobra sentido el trabajo que hacemos.

–¿Qué aprende de las chicas?
–La mejor ilustración que puedo hacer de las mujeres de Yeses es un diálogo que escribimos sobre la base de las experiencias vitales que nos habían contado las internas. Dice así: ‘¿A qué edad entraste en la cárcel? A los 16’. ‘¿Y por qué?’ ‘Porque no pude antes’. Han pasado por todo, pero les queda mucho dentro, y muy bueno.

–¿Qué hay de cierto en un proyecto de cine para contar su historia y la de Teatro Yeses?
–Ha sido toda una sorpresa, pero todavía es sólo una propuesta

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